Solía decir el orador romano,
entre luchas civiles y discordias:
«Tarde me levanté, y por el camino
me ha sorprendido la noche de Roma».
¡Sea! Pero al despedirte de la gloria
romana, desde el alto Capitolio,
pudiste ver en su grandeza toda
el ocaso de su sangrienta estrella.
¡Feliz aquel que visitó este mundo
en horas decisivas, convocado
por los dioses, cual huésped al banquete!
¡Observará sus grandes espectáculos
y será introducido en su consejo,
y en vida, semejante a los celícolas,
bebe en sus cuencos la inmortalidad!