En la calleja solitaria y triste
de este fosco arrabal,
como un ladrón acecho agazapada
la ocasión de saltar sobre mi presa.
Llega un hombre, se acerca, me descubre;
y cuando sin recelo se aproxima,
a la luz de la luna veo su rostro
de adolescente, contener no puedo
una sonrisa franca y, entreabriendo
el ocho extravagante de mi boca
doblo el cuello a la hiena de su instinto.