Comida.
De niño —casi siempre—
oía esa palabra que venía como un poco de aire,
de aire maternal que por todos los rincones
pasaba suelto,
sin compromiso,
sin pensamiento,
sin malicia,
sin nudos:
lo traía mi madre o mi tía o cualquiera …
y a veces, hasta el vecino Lomado
lo echaba por el patio.
Después,
me puse grandecito,
y la palabra comida ya no la sentía
pasar como un aire limpio;
y como los oídos y los ojos
ya los tenía más abiertos,
veía que los que pronunciaban esa palabra
hacían un gran esfuerzo para decirla,
y sentía que caía en mis oídos
de una manera diferente,
era como un metal que venía de la sangre,
de algo que no pertenece al sonido, ni al aire,
es algo que era ya lo meditado.
Y crecí un poco más,
hasta llegar donde se mide el hombre.
Y he regresado a casa,
y he visto unos juguetes,
un cuchillo de juego,
un tenedor de juego,
un plato y otras cosas.
¿Y yo jugué con esto?
¡Ah, pero si debo regresar!
Y con mis manos llenas de callos que piensan,
llenas de cicatrices ajenas,
llenas de cerebro,
llenas de letras de arrugas,
llenas de historias de falsas caricias,
de apretones de mano hacia la noche,
pesadas de obligados, de protocolares adioses,
endurecidas, casi piedras
de sostener tantos siglos un minuto …
esa dura porción de nuestra vida,
esa inútil verdad,
esa asquerosa responsabilidad,
ese pesado duende que odiamos y queremos,
ese «no te me vayas», «quédate un poco más»,
«tal vez hay algo», «quédate como un odio»,
«quédate como un fuego sin reposo en el grito».
Y con esas,
con esas horribles,
con esas manos sencillamente horribles,
con esas manos mayores,
me he puesto a jugar con Chinchina,
y su voz de siete años grita:
«comida»,
«comida».
Y yo le doy comida… ¡la que sabe a comida!
la que también a mí, a la edad de Chinchina,
me sabía a comida… sí, a comida…
¡Qué triste que te pones paladar cuando creces!
¡Sólo ya la palabra pantalón te sostiene!
Esto es llorar sin que lo sepa el ojo,
sin que lo sepa el agua …