El viento norte barre la tierra
quebrando las blancas hierbas.
Bajo el cielo tártaro vuelan ya
copos de nieve en octubre.
Diríase que sopló anoche
un céfiro de primavera
haciendo florecer mil perales.
La nieve traspasa las cortinas
y empapa la lona de la tienda.
Ya no abrigan las pieles de zorro,
y la gruesa cobija enguatada
parece una hoja de papel fino.
Los guerreros no pueden tensar
sus arcos rematados en cuerno.
El general, apenas capaz
de ponerse su helada coraza.
El brillante hielo cubre
el inmenso mar de arena.
Sombrías nubes se ciernen
sobre mil leguas de tierra.
En la tienda de la comandancia
se ofrece vino en tu despedida,
y bebemos al son de la música.
A la caída de la tarde,
la nieve se hace más copiosa.
Sobre la puerta del campamento,
rígidas de hielo las banderas,
que ya no mueve el furioso viento,
le acompaño hasta la entrada de Luntay.
Blanquea el camino que emprendes
rumbo a la Montaña Celeste.
Cuando lo doblas, te pierdo de vista.
Quedan solamente las huellas
de los cascos de tu caballo.
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