El guarda de las obras
es víctima de su abnegación
Desde hace mucho tiempo la manera de construir una casa situada en la calle de los Mártires era considerada como insensata por la gente del barrio. No habían colocado todavía la techumbre cuando los pintores y los tapiceros se dedicaban ya a decorar los pisos. Todos los días nuevos andamiajes apuntalaban la insegura fachada, con gran inquietud por parte de los transeúntes, a los que el guarda tenía que tranquilizar. ¡Ay!, éste tuvo que pagar su optimismo puesto que ayer, a las doce y treinta, mientras los obreros habían ido a almorzar, el edificio se desplomó, enterrándolo bajo sus escombros.
Un niño, al que se halló sin sentido en el lugar del siniestro, no tardó en recobrar el conocimiento. Es el pequeño Lespoir, de 7 años, que en seguida fue llevado con sus padres. Había sufrido más por el miedo que por el daño. Comenzó reclamando su patineta, sobre la cual se había lanzado desde la parte alta de la calle. El chiquillo cuenta que un hombre con un bastón se precipitó hacia él gritando «¡Cuidado!», y quiso huir. Es de lo único que se acuerda. Lo demás ya se conoce. Su salvador, muy conocido por los alrededores con el nombre de Guillaume Apollinaire, podría tener irnos sesenta años. Había ganado la medalla del trabajo y sus compañeros lo estimaban.
¿Cuándo podremos dar con la clave de este misterio? Se busca, en vano hasta ahora, al contratista y al arquitecto de la casa caída. La emoción es considerable.