Poemas Cortos
Oda 29 (del libro 3 de «Odas») – QUINTO HORACIO FLACO
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Oda 29 (del libro 3 de «Odas») – QUINTO HORACIO FLACO

Mecenas, hijo de tirrenos reyes,
para ti un dulce vino en jarra intacta
y la flor de las rosas hace
tiempo que guardo con mirobálano

que unja tu pelo. No te nos demores
ni mires más de lejos el umbroso
Tíbur ni Éfula la escarpada
ni las montañas del parricida

Telégono. Abandona la opulencia
que incomoda, las moles que hasta el cielo
se alzan: no admires la dichosa
Roma, su lujo, su humo, su estrépito.

Al poderoso a veces gusta el cambio:
la limpia mesa de un hogar humilde
sin tapices servida o púrpuras
preocupadas frentes desfrunce.

Ya la luz que ocultaba el padre fúlgido
de Andrómeda nos muestra; ya trae el sol
los días secos del ardiente
Proción y el astro del León loco:

ya el pastor fatigado y su rebaño
lánguidamente arroyo y sombras buscan
y los matorrales del híspido
Silvano; el viento calla en la orilla.

A ti, en cambio, te inquieta el buen estado
de la ciudad y temes lo que apresten
los Seres o Bactra, que Ciro
rigió, y el Tanais con sus discordias.

Mas la divinidad prudente cubre
el futuro de niebla y ríe si alguien
se angustia más, un mortal siendo,
de lo debido. Piensa tan sólo

en moderar sereno cuanto ocurra;
lo demás fluye como río que ora
va al mar etrusco con tranquilo
curso, ora arrastra piedras roídas,

árboles descuajados, reses, casas,
todo revuelto entre el clamor del monte
y del bosque vecino cuando
fiero diluvio las aguas quietas

irrita. Gran dominio de sí mismo
y placidez la del que al fin del día
dice: «He vivido. Y aunque cubra el padre
mañana el cielo con nubes negras

o un sol limpio, no puede dejar írrito
lo que ya atrás quedó ni transformar
ni lograr que no haya ocurrido
cuanto las Horas en su carrera

trajeron.» Con su cruel trajín Fortuna
goza y su juego pertinaz que muda
los inciertos honores siéndome
a mí hoy benigna, mañana al otro.

Sus dones le agradezco, mas, si mueve
sus alas raudas, todo restitúyole,
me envuelvo en mi virtud y la honesta
pobreza acepto sin dote alguna.

No son míos los votos y las preces
míseras que, si el mástil en las áfricas
tempestades cruje, negocien
el que el avaro ponto los géneros

ciprios o tirios no se trague: el aura
y Pólux el gemelo a mí seguro
me harán cruzar en mi barquilla
las tumultuosas olas egeas.

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