Con lento amor miraba los dispersos
colores de la tarde. Le placía
perderse en la compleja melodía
o en la curiosa vida de los versos.
No el rojo elemental sino los grises
hilaron su destino delicado,
hecho a discriminar y ejercitado
en la vacilación y en los matices.
Sin atreverse a hollar este perplejo
laberinto, atisbaba desde afuera
las formas, el tumulto y la carrera,
como aquella otra dama del espejo.
Dioses que moran más allá del ruego
la abandonaron a ese tigre, el Fuego.
Más poemas relacionados: La lluvia - JORGE LUIS BORGES Elvira de Alvear - JORGE LUIS BORGES El sueño - JORGE LUIS BORGES Invocación a Joyce - JORGE LUIS BORGES