Rafig Taghi

Mi primer enemigo – Rafig Taghi

Mi primer enemigo
Relato de Rafig Taghi
Autor de Azerbaiyán

Publicado en Cooperación con el Centro Estatal de Traducción de Azerbaiyán y Antología Poética del escritor Martín Riva.

 

TEXTO:

Gasanagá murió cuando tenía diez años. No murió, la diñó, bueno, no la diñó, mejor dicho, estiró la pata.

Actualmente, yo soy justamente 45 años mayor que mi coetáneo, que mi enemigo.

“Él falleció, se fue al otro mundo justamente”, -la verdad es que no puedo decir palabras melosas ni frases dulces sobre él.

No las merece. Además, se me ha acabado la paciencia de usar palabras cultas que son a la vez ridículas y falsas. Cuando se trata de “Cultas”- son una serie palabras elevadas y huecas, como una broma sosa, y también tienen un aire artificial y burocrático.

Si, ridículas mentiras… El muchacho se ahogó sólo una semana después de su cumpleaños…  Se hundió en el río revuelto y arcilloso como una piedra pesada.  Sufrió esta desgracia a causa de su estómago, dijeron, “se ahogó rápido por comer demasiado”.

… Cuando se estaba ahogando, lo vio otro chico. Aquel niño todavía está vivo, aunque ya ha cumplido cincuenta años, aunque su aspecto es el de un verdadero anciano.

¡Qué el ángel le salvé de una muerte!, en el transcurso de la muerte de Gasanagá, solo él se acordaba de “un ruiseñor”. Dice que “el ruiseñor” es una cosa como su testamento.

Su muerte pasó sin ceremonia. O espérame, cuando se estaba ahogando, el limonero que estaba en flor a orillas del río daba un cierto ambiente ceremonial. Su reflejo amarillento se iba convirtiendo en una línea anaranjada que fluía hacia abajo del río.

Era posible que de este modo terrible noticia de la muerte del niño hubiera llegado hasta la mar con el fluir del río. De todos modos, la muerte de Gasanagá también podía haberse quedado en la memoria del niño como un episodio fugaz. Sin embargo, el paisaje que puede parecer el más fugaz de este mundo, se queda grabado eternamente.

Yo era siete años menor que mi enemigo, y su muerte coincidió con mi cumpleaños.

Fue como un regalo caído del cielo. Fue completamente casual. Como una premonición, aquel día mi madre preparó pilav con azafrán, un plato que normalmente está presente en los días de fiestas. El pilav con su calabaza rojísima simbolizaba el Sol en un día oscuro, lluvioso y nublado.

A mi primer enemigo le ha caído una maldición; su muerte me daba grandes esperanzas para el futuro.

Recuerdo qué al oír la noticia, había sentido en la espalda un hormigueo profundo y fuerte, y que se había extendido un calor agradable por todo mi cuerpo. A partir de entonces, estaba seguro de que podría ir a la escuela, y también de que ingresaría en la universidad.

Por primera vez yo me sentí realmente feliz, había desaparecido mi enemigo. Parece que Gasanagá había venido al mundo para que yo pudiera entender cómo era un enemigo. Él vino, me lo explicó y más tarde se fue.

Con su inestimable ayuda yo recogí el néctar y pude disfrutar de la vida.

Si la muerte del enemigo se pudiera considerar como una victoria, esa victoria había sido en balde.

¿Quién no se acuerda de que los enemigos durante la niñez nos parecían horribles? El primer enemigo se convierte en un personaje mítico en muy pocas semanas.

Por las noches lo veía en sueños con desprecio, allí caminaba libre y tranquilamente. En esos mismos sueños sus pasos eran sonorosos y retumbaban. A mi juicio, el primer enemigo siempre tiende una emboscada eterna a la otra persona. Si él quiere, puede ponerte en peligro con esta emboscada, o también hacerte daño o asestarte un golpe.

Desgraciadamente, la alegría por la muerte de mi enemigo no duró mucho, solamente un año. Yo andaba vagabundeando e imitaba los modales burlescos de Gasanagá, bromeando y mofándome de los demás.

Yo le echaba un capote a alguien por encima, o agarraba la nariz de alguien y le tiraba de ella. No se podía decir que lo hiciera tímidamente ni en broma. No contemplaba la posibilidad de que en ese momento pudieran maldecirme, insultarme o empujarme al suelo.

¿Dónde estás? Estás aquí. En mi siguiente cumpleaños Gasanagá con su brillante calva vino suave, silenciosa y tranquilamente, y se introdujo en mis pensamientos y recuerdos.

Todo el día estaba con él; estaba prisionero. Quizás él comprendió que había muerto en mi cumpleaños, y por eso ahora había querido volver.  Éste era un acto de usurpación. ¡Ay, ay, el año próximo será así, y el siguiente también y así siempre!

Los actos de violencia de Gasanagá se me aparecían en todo momento, en cada circunstancia. Ya el quince de julio no sería el día de mi cumpleaños nunca más, sino que podría pasar a considerarse como el día de recuerdo de este huérfano.

Cada año aparecía el pilav rojo como siempre. Se podría decir, por supuesto, que también este año ha aparecido una copia colorada como la del año pasado.

Gasanagá perdió su mundo y su vida a la edad de 10 y mis cumpleaños se acabaron para siempre. Aunque para mí él estuvo vivo un día de más.

Poco a poco sus amigos y familiares estaban olvidándole, o al menos acostumbrándose a su ausencia, mientras que su enemigo jurado le recordaba claramente. Ahora el otro rasgo característico de la muerte de Gasanagá era el ramo de flores de mi cumpleaños.

No me parece que él me vaya a dejar en paz. En el transcurso de su vida hacía caso omiso de mis cumpleaños, aunque después de morir… disfrutaba de su prestigio. Él venía corriendo desde el otro mundo sin invitación ninguna, parecía que había muerto y que por ello había ennoblecido. ¿Qué regalos podría traer para mi cumpleaños? Solo los dolores agudos que punzaban en mi corazón.

Eran como flechas, agujas y lanzas. A partir de entonces, ya celebro mis cumpleaños solamente con él.

Los familiares ven en mis ojos en una profunda sombra.

El enemigo es real, pero mis familiares son irreales. De verdad, parece que todo el mundo ha olvidado a Gasanagá excepto yo. Si preguntas a su hermana, la del pelo negro, o a su madre la que le dio a luz, no solo ni sabría el mes ni el día de su cumpleaños ni de su muerte, sino que además tampoco recordarían claramente la expresión de su rostro.

Pero yo no he olvidado nada de eso, puedo decir todo, hasta la hora y el minuto exactos. En el transcurso de su vida siempre me provocaba miedo y terror (ahora también lo hace).

Él me rompió la nariz, y así él penetró en mi cerebro.

Cada vez que pisaba mi pecho, pensaba que terminaría por matarme- ¡Adiós y hasta siempre a mi vida!

El enemigo siempre es más inolvidable que el amigo.

En particular, si la muerte de alguien coincide con tu cumpleaños…

¡Menos mal que existen todos los demás días en la vida de una persona, a parte del día de su cumpleaños!

¡Dios mío! ¡He contagiado y llenado de nervios, tensión y negatividad el día de mi cumpleaños! No me ayudan los tranquilizantes que he tomado; Gasanagá se convirtió en un personaje épico y constante en mis alucinaciones. Ningún medicamento puede borrarlo ni sacarlo de ahí.

Aunque quisiera que él muriera en mi cumpleaños. Junto conmigo. No querría pasar mi cumpleaños como un día festivo. Hace mucho tiempo el nombre de mi cumpleaños es solamente eso: un nombre, el día de cumpleaños, nada más, no significa nada más.

Ya en el pilav de calabaza con azafrán, plato que simboliza el Sol no se refleja ninguna alegría.

Estoy seguro de que algún día de mis cumpleaños sacaré el cuerpo de “Gasanagá” y lo mataré.

¡Ojalá! Hundiré un cuchillo directamente en el centro de su corazón desde la realidad hasta la imaginación. De cuatro o cinco años era violento. ¡Ahora vamos ya verás!

Se encandilaba los ojos cuando decía eso. ¡Ahora vamos a ver! Él no tocaba a las chicas, no, a ellas no.

En cambio, a los chicos no los dejaba tranquilos: a unos les echaba la zancadilla, a otros los empujaba y los tiraba en la zanja o en los charcos.

Desgraciadamente veías cómo los que se había caído se levantaban y echaban a llorar a lágrima viva, a veces con amargura, y a continuación iban a quejarse a sus padres.

Gasanagá era hostil principalmente con los alumnos sobresalientes y humildes.

Él también montaba al carnero del pueblo como si fuera un caballo.

Dado que no tenía la paciencia suficiente, únicamente no montaba al burro. Sentía un desprecio mortal hacia los burros y ellos también hacia él.

Si se miraba fijamente, la cabeza de Gasanagá era como un cubo. Las mandíbulas empujaban hacia adelante el labio superior; dejando la mayor parte de la boca abierta. Aunque a simple vista parecería un chico malhablado, a decir verdad, nunca se iba de la lengua. Al contrario, normalmente reñía a las personas que maldecían y usaban tacos al hablar.

A mí me tranquilizaba que todos le temían como a un lobo. Sólo yo era el único que no era un cobarde.

Gasanagá tenía costumbre de pegarnos y nosotros estamos acostumbrados a que nos pegara y a avergonzarnos por ello.

Hasta su última respiración, nunca le di una bofetada en su rostro o en su cabeza, la cual su madre le afeitaba cada verano, e incluso en invierno, para que no tuviera piojos.

Al contrario, era yo quien me comía sus puñetazos, bofetadas y guantazos con un buen “apetito”.

Cuando él daba golpes con la punta del dedo, sentía como por poco mi cerebro no explotaba violentamente.

Mis pantalones siempre estaban llenos de huellas de sus patadas. La suela de sus zapatos dejaba señales marcadas en mi culo. Una vez, después de uno de sus puntapiés, detrás de mí cinturón apareció colgando una pluma de ave.

Todos se reían a sonoras carcajadas abriendo la boca, “Mírale, le han emplumecido”- decían.

Para los chicos que no se entiende la ley y el derecho, todo está en armonía y regulado por la naturaleza.

Todo el mundo tiene el instinto de pegar a la persona que ya ha sido pegada.

Siempre regresaba a casa después de limpiarme y de quitar las manchas de mis pantalones y camisa, no quería aparecer así por casa.

Temía que mis padres discutieran con su madre por la pelea (decían que su padre huyó de casa, y se fue a Rusia). La madre de Gasanagá que era la única mujer que se encargaba del lavamiento de los muertos, y podría desembocar en problemas en este pueblo.

Es posible eliminar la guerra mundial soportando las ofensas.

¡Ojalá Gasanagá resucite, y así podría darle mil patadas! Le daría una patada tras otras como una vaca rabiosa.

Voy a darle clases fracturando sus costillas. Pues me reprochen: un hombre de una barba y como un dragón peludo se ha lanzado sobre una cabeza.

Yo le rompería los dientes, los sacaría y después los metería en su vientre. He de confesar que mi cuerpo tiene una fuerza calculada como la de un caballo. Y voy a jugar tirando de él y agarrándole y sujetándole entre mis manos.

Si quisiera, le pondría boca arriba, con su vientre mirando hacia el cielo. Por otra parte, el miedo todavía está en mi cuerpo. Temo que al final, saliera todo del revés.

Aunque él fuera un niño, yo no podía sufrir por su muerte porque yo estoy vivo.

Yo me acordaba de Gasanagá de forma diferente en cada uno de mis cumpleaños. Mis treinta y treinta y cinco años eran el mejor momento para ajustar cuentas a él. Yo ya era un hombre hecho y derecho.

No sé por qué esta enfermedad me ha encontrado temprano y así repentinamente – la vejez. Perdí las fuerzas. Como si hubieran volado de mí.

No era una muerte simple, era una muerte súbita. ¿Qué hombre muere con diez años? Si hubiera crecido, sus pensamientos e intimidades habría pasado por sí mismo con el paso del tiempo.

De niño vivía a lo grande. Si estaba en un callejón sin salida, metía el rabo entre las piernas. La vida es una mierda, pero exprimiría su jugo y lo convertiría en una cera. La valentía de Gasanagá era por pura ignorancia. En cuanto cayera en desgracia, se convertiría en un zorro cobarde. Doblaría su espalda, saludaría sonriendo y mostrando los dientes y se quedaría solo. Yo me lo imagino con edad avanzada, parecería un tramposo. Sus problemas principales serían la falta de alimentación y la carencia de vitaminas – avitaminosis. También era paciente de tuberculosis, caminaría por las calles de Bakú y de otras regiones despidiendo ese característico olor de la tuberculosis. Después de su muerte yo le tomé como amigo. Quizás ya se haya perdido en su tumba o a lo mejor está cubierto de hierbas. Su tumba está cubierta por cardos florecidos en vez de por claveles. El pobrecito no soñó muchísimo. Al abrir los ojos lo primero que vio era casa ruinosa y unas paredes llenas de hongos. Su pasatiempo era dejarse resbalar por la terraza, gritar a los transeúntes e ir a una región cercana, a casa de su tía. Y cuando nació su hermano menor, fue al mercado “Pirishib” para comprar para él una cuna con esa misma tía. La admiración era sólo una parte de la gran naturaleza que cayó en nuestra época Soviética. Podría ser que lo más exótico en su vida fue el llamado tren “Bakú-Astará”. Ya yo no hacía caso a cada fechoría de Gasanagá. Ya había pasado todo. No me conviene odiar a un maldito cuyos huesos están ensartados como un collar bajo tierra. Solamente él se había estado burlando de mí. Las leyes naturales, la fuerza que corre por la sangre del hombre que este se burle. Según estas leyes, el fuerte debe pegar al débil, dando unos buenos puñetazos todo se solucionará y se acabará. He de decir que yo también pegaba a los gatos, era lo único para lo que tenía suficiente fuerza, para nada más. Si solo pegándome no ocurría ninguna desgracia mayor, eso ya era un evento bonito.

Poco a poco esta belleza se perdería creciendo, su modo de actuación echaría raíces en la sociedad, en otras palabras, un hombre de la estatura de un oso se convertiría en un cordero ante un ratoncito. A veces la voz de mi cerebro se activa de nuevo, y dice- “¡Está bien! ¡Qué bien que murió a tiempo!”. O quizás sería un asesino a sueldo, y se convertiría en un insecto dañino y aún más peligroso. La humanidad pudo seguir desarrollándose por su muerte a la edad de diez años. No creo que si él hubiera sobrevivido, mi país pudiera salir del pantano de la historia.

 

***

Un día, no sé porque, mi hija me dio su “Diario” para que yo lo leyera. Allí ojeando, busqué los días de mi cumpleaños.

El primer 15 de julio:

Hoy es el cumpleaños de mi padre. Aunque este cumpleaños lo llamamos el aniversario, mi padre no se alegró demasiado. No sé por qué, pero él parece muy preocupado con su mirada clavada. Posiblemente su cincuenta aniversario no ha sido muy interesante. El cumpleaños no puede celebrarse solamente con un pilav, he podido ver cómo mi padre ni se inmuta por ello.

 

El segundo 15 de julio:

Mi padre siempre decía que el pilav es el símbolo de las fiestas. Hace muchos años presté atención en que realmente la calabaza del pilav se parecía a una lámpara roja, y que el pilav sin calabaza sería como una lámpara blanca. Y mi padre en este día de celebración para él, y para todos, no tiene ganas de comer y ni siquiera ha mirado de reojo “esta lámpara” tampoco. “Como si hubiera comido una vaca” – dice él para expresar su poco apetito. No, esta vez tampoco el pilav no ha traído la felicidad a nuestra casa.

El tercer 15 de julio:

Hoy, con la salida del sol ha sido muy brillante para que nos alegremos al mirarlo. En cuanto mi padre está alegre, todos nosotros saltamos, incluso mi madre también, aunque es un poco ridículo, porque cuando mi madre salta, su pecho se le levanta casi hasta la nariz. En otras palabras, cuando mi padre está sonriente, en nuestra casa reina una atmosfera de fiesta. Todos queremos ponernos las alas y volar. Ya ha atardecido. Cuando las luces de las casas se encienden, estas ventanas llenas de luz han adorado el pueblo y mostrado su alegría. Mi padre hoy se había puesto una buena careta: no esperaba una cosa así de él.

El cuarto 15 de julio:

Mi padre ha llorado en su cumpleaños. Su excusa era que él se emocionó por la música. Pero ¿Dónde hay una música? ¿Qué música?…  No estamos sordos- y obviamente no hemos escuchado nada de nada. De repente me he dado cuenta, la música suena en su corazón. Es muy extraño, normalmente mi padre siempre es muy alegre, pero en los días de su cumpleaños siempre está muy triste.

 

El quinto 15 de julio:

Mi padre castañetea los dientes en los días de su cumpleaños. Tampoco es que sea un niño o que tenga una lombriz. Me pregunto: ¿tienen lombrices los adultos?

 

***

 

Me cansé aquí y dejé de leerlo más. Mis cumpleaños eran los días de vida de Gasanagá. Veía que mi hija lo ha anotado en su diario claramente: como días de tristeza. Pero mi hija todavía no ha comprendido el motivo de mi tristeza en mi fecha de aniversario. No podría comprenderlo. Ella había nacido treinta años después del hundimiento de Gasanagá en el río. ¿De dónde podría saber esta niña sobre la vergonzosa historia de su padre?

En el día del ahogo de Gasanagá llovía a cantaros, goteaba de los tejados de cobertizo y sonaba como una voz ronca y un ruido espantoso que parecía una música. Las gotas que caían en la espalda de la vaca, resbalaban hasta el suelo. A la entrada del pueblo se armó mucho ruido de repente.  Subían y bajaban voces bajaban y subían a pesar de todo. Además, el llanto despertaba ecos en las gotas, propagando sus ondas hasta las casas.

¡Qué bien que había muerto! ¡Y soy inocente! Este canalla tenía un puñetazo fuerte. Era como una piedra. Una vez me dio unos puñetazos tan fuertes que de arriba hasta abajo sentí un dolor intensísimo hasta mi corazón. Durante tres meses oí como retumbaba en mí esos golpes del demonio.

Ahora tengo un nieto de la misma edad que Gasanagá. ¡Qué Dios bendiga a sus hijos! Es un pequeñuelo. A veces es lo suficientemente hábil y rápido para darme puñetazo. No me pega realmente, solo está de broma. En serio, solo me pegaban en mi niñez. Ya ha pasado el tiempo de pegarme en serio. Juro sobre el Corán que ahora si los bandidos me rodearan, ellos no podrían ni darme un capirotazo.  Se les caerían la cara de vergüenza y se gritaría uno a otro: “¡Eh! ¡No le toquen al anciano!”.

Los años pasados inexorablemente me apartan del trauma, un niño sí choca con los reproches pero ¡ojalá yo ya pueda pasar mis años de vejez con tranquilidad! Ya no me daba miedo la existencia de Gasanagá que solamente un día al año, el día de mi cumpleaños, levantaba su cabeza del otro mundo y me miraba clavando los ojos en mí. Sí, un día al año está vivo, y la muerte de Gasanagá está delante de mí, nunca se pone enfermo y nunca muere. No puedo reprocharle nada: ¿Cuándo podría ponerse enfermo? Realmente tiene posibilidades muy limitadas para ponerse enfermo: una vez al año, un día solamente- el día de mi cumpleaños.

Hasta que algo le haga morir, vivirá hasta que yo muera. Quiera o no, le pondrán junto conmigo en la tumba. Supongo que delante de mi tumba llorarán una o dos veces al año, pero delante de la suya estoy seguro de que nunca. A partir de hoy le regalo cinco o diez gotas de las que van a echar sobre mi tumba.

 

***

 

 

FIN

 

Sobre el autor:

Rafig Taghi

(1950-2011)

Fue escritor y también trabajó como periodista. Estudió en la Facultad de tratamiento profiláctico del Instituto de Medicina Estatal de Azerbaiyán y en los estudios de internos clínicos de enfermedades internas del Instituto de Medicina de Moscú. Comenzó su creatividad literaria componiendo diversos versos y algunas historias breves durante sus los años estudiantiles. Fue publicada su primera novela “Farqana” en el año 1977. También fue el autor de diversas obras tanto en prosa como en verso, entre las que destacan: “Las estrellas juntas”, “Recuerdos del enemigo”, “Positivo. Negativo”, “El amor de la princesa de Dipendra”, “El joven conde Kenterberiskí”, “El liliputiense de alta estatura”. También escribió diversos y numerosos, artículos, ensayos y otras composiciones.