Edgar Bayley
  Héctor Bianciotti
  Daniel Calabrese
  Brandán Caraffa
  Alba Correa Escandell
  Carlos Cullere
  Eduardo D' Anna
  Marcelo di Marco
  Maria Adela Dominguez
  Adriana Ferrari
  Eleonora Filkenstein
  Félix Gabriel Flores
  Joaquin Giannuzzi
  Rodolfo Godino
  Celia Gourinski
  Roberto Juarroz
  Germán Kramer
  Any Lagos
  Ketty Alejandrina Lis
  Lina Macho Vidal
  Francisco Madariaga
  Jorge Ariel Madrazo
  Roberto Malatesta
  Marcelo Masola
  Maria Medrano
  Enrique Molina
  Esteban Moore
  Alejandro Nicotra
  Juan L. Ortiz
  Jorge Andrés Paita
  Luis Guillermo Piazza
  Osvaldo Picardo
  Osvaldo Pol
  Alberto Luis Ponzo
  Antonio Porchia
  Oscar Portela
  Enrique Luis Revol
  Romilio Ribero
  Ricardo Rubio
  Ernesto San Millán
  María Cristina Santiago
  Gianni Siccardi
  Enrique Solinas
  Emilio Sosa López
  María del Carmen Suarez
  Susana Valenti
  Alfredo Veirave
  Rubén Vela
  Paulina Vinderman
  Héctor Yánover
  Laura Yasán
  Armando Zárate


 

 

      
       Editora responsable
 
Ketty Alejandrina Lis



Poeta: Paulina Vinderman

  Fin de estación
  Cajitas chinas o su oscuridad
  Cruces
  El canje
  Llovió todo el verano
  La muerte de la imaginación
  Mi hija escribe desde Londres
  La luna que no ví
  La cita
  El mundo en jaque
  Sobrexposición
  Black Mask


Biografía: 


Nació en Buenos Aires en 1944. Publicó los siguientes libros de poesía:


"Los espejos y los puentes" (ed.Buenos Aires Sur, 1978)

"La otra ciudad" (ed.Botella al Mar,1980)

"La mirada de los héroes" (ed.Botella al Mar, 1982)

"La balada de Cordelia" (Fundación Argentina para la poesía, 1984)

"Rojo junio" (Literatura Americana Reunida, 1988)

"Escalera de incendio" (ed.Último Reino", 1994.)


Obtuvo la Faja de Honor de la SADE (1988) y el Tercer Premio de la Municipalidad de Buenos Aires (bienio 1988-89).

Poemas suyos han sido traducidos al inglés, al italiano y al alemán y fue incluida en numerosas antologías. Colabora en publicaciones del país y del exterior:


La Nación (Buenos Aires)

La Prensa (Buenos Aires)

El Espectador (Bogotá, Colombia)

Hora de Poesía (España)


Fue invitada al Primer Encuentro de poetas hispanoamericanos en Bogotá, Colombia, 1992 y al Tercer Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, 1993.




Por Joaquín O. Giannuzzi

Diario Clarín, Buenos Aires, 30 de junio de 1988

Con cinco libros en su haber, el camino de Paulina Vinderman a través de la poesía está intensamente marcado por un tenaz combate para despojar el concepto de toda abstracción y conducirlo a la imagen.


Convertida así en figura, la idea se corporiza en sustancia puramente poética y en la cual aquella se manifiesta por delegación, como una presencia sublimada.


Se explica así, pero como resultado de una lógica secreta, que Vinderman recurra a la mención directa y la descripción desnuda de objetos y situaciones del universo más próximo, cotidiano, para dar revelación tangible, es decir, expresión, a sus visiones. Aquí los mecanismos del pensar se alimentan de las cosas, operan desde el elemento histórico, con lo cual el acto creador adquiere eficacia en virtud de la dramatización del concepto.


Una poesía concebida a partir de la existencia y no de la literatura, (Alguna vez el negro fue expulsado por debajo de las puertas./ El té deja una taza vacía/ donde la porcelana es un adjetivo más./ Todo está por partir) que no huye de las cosas (diría Lezama Lima) sino que va a su encuentro y las envuelve hasta intuir un sentido global. Ese fluir del yo, con su carga de perplejidades, afirmaciones y deseos, hacia el mundo, apresa al instante, lo cristaliza y, de alguna manera, obtiene respuestas que lo definen: Extraño lugar./ Pero más extraño aún es mi oído/ afinándose en los cuartos calientes y opacos/ buscando una alarma/ que no tenga que ver con la ira, una flor en la áspera identidad. El poema se precipita con serena belleza hacia un final que da testimonio de una conciencia lúcida que indaga un instante en un lugar: Ha de haber una razón,/ un detalle ampliado de la obstinada mente/ que permita entender estos insectos sobre el velador,/ este deseo de movimiento en la asombrosa quietud/ este llamado.


El lenguaje de Rojo junio, preciso en su suave trazado sin estridencias, impone al verso una comunicación directa no sólo por la transparencia de los significados sino también por el uso de un habla intensificada que sin forzar el fraseo obtiene de la palabra un máximo rendimiento de sentido.


En el actual panorama lírico resulta frecuente hasta dar fatiga, una manera convencional de hacer poesía que consiste en producir imágenes generales, es decir, mencionar el objeto en función genérica o simbólica. El discurso de Paulina Vinderman, en cambio, soslaya ese lenguaje muerto y revela un certero instinto poético al particularizar los componentes de la realidad. Estos poemas, por lo demás, se manifiestan como una combinatoria de la emoción, la imaginación y una percepción que afinada por el intelecto tiende al análisis de la experiencia personal. En el marco de estructuras aparentemente inorgánicas, pero internamente equilibradas y de desarrollo coherente, ese propósito es logrado en la plenitud de una forma cumplida, es decir, de una hazaña artística.


y por Jorge Andrés Paita

 

Centro Cultural Gral. San Martín, 4-7-97



Los poemas de Paulina Vinderman que se pliegan, con lenguaje llano y un mínimo de composición a las cadencias naturales del habla, sin excesos coloquialistas impresionan como cuadros pintados por una sensibilidad lacerada y a la vez reflexiva. Como señaló Giannuzzi en un excelente análisis, se caracteriza por su capacidad para trasmutar percepciones, emociones e ideas en imágenes. De allí su carga de misterio y también la ilusión pictórica que crean, acentuada ésta porque el fantaseo subjetivo arrastra presencias, nítidamente visualizadas, de la más cruda y cotidiana objetividad. Con esos elementos Vinderman construye una simbología personal.


En su último libro publicado,Escalera de incendio, paisajes del sueño o del delirio lúcido se conjugan con paisajes de distintas latitudes del mundo exterior, pues uno de los motivos del libro es el viaje. Un viaje que desde el punto de partida y el de llegada son intercambiables, porque el alma viajera es una extranjera nata, habitante de ninguna parte. Otro motivo es el de la incomunicación radical, simbolizado por oficinas postales de teatro del absurdo, cartas que no llegan o que se envían oralmente desde un balcón a un destinatario enigmático.


Pero tal vez el motivo central sea el introducido por tres palabras clave, recurrentes: soledad, miedo, pasión. Y acá el poeta no habla de él, habla de nosotros, o mejor, cuando habla de él habla de nosotros. No es la soledad de la falta de compañía sino la soledad (con su poder de fascinación) de todo destino humano. No es el miedo de algo o de alguien sino el miedo primordial de la criatura que se sabe aislada. Y la pasión, sepulta en alguna parte, entre el dolor y el cansancio, como dice un poema, se siente como una nostalgia que todos padecemos, padecimos o padeceremos: la trágica nostalgia de lo dionisíaco, de una plenitud de vida alguna vez entrevista, que se hundió bajo la erosión y la opacidad de los días. Antes uno podía perderse en un bosque con lava en el corazón, rememora un poema, y añade: en un lugar del corazón hay un hueco sombrío, en el lugar del bosque una memoria esforzada.


En los pocos momentos en que la poetapintora depone los tintes mate y las veladuras con que es tan diestra su lucidez, deja que irrumpa desnuda la hipersensibilidad de fondo: En un poema se oye como un pequeño clamor: una señal, la traición de una señal,/ la ficción de una señal. En otro se anhela un lugar inhóspito pero no amenazante, un/ sitio quieto donde esperar. Un paso más allá haríamos pie en la roca de la fe, un paso que los poemas publicados no registran y que es pura conjetura si habrán de registrar los venideros.



Copyright 2000 por Ketty Alejandrina Liz