Poeta: Juan L. Ortiz
Biografía:
Cuando ese exquisito poeta
griego llamado Odisea Elytis, premio Nobel de Literatura 1979, escribe en
el poema "Cuerpo de Verano" incluido en su libro "Sol el
primero":
"Ahora el cielo quema incienso
Las frutas tiñen sus bocas
Los poros de la tierra se abren poco a poco
Y junto al agua que gotea silabeando
Una planta enorme mira al sol fijamente!"
está bien lejos de describir un paisaje determinado, aún cuando en sus
poemas se presente una y otra vez el profundo azul del mar helénico y la
luminosa transparencia de su cielo.
Cuando Juan Laurentino Ortiz, nacido el 11 de junio de 1896 en Puerto
Ruiz, Departamento de Gualeguay, Provincia de Entre Ríos, escribe en el
poema "Deja las letras", de su libro "De las raíces y del
cielo":
"El sol ha bebido sus propias perlas
y hay apenas de ellas una memoria por secarse...
No temas, no temas, y mira, mira hasta las islas...
¿Viste alguna vez la melodía de los brillos?
¿La viste ondular, todavía de gasa,
desde tus pies al cielo, sobre el río?"
también está bien lejos de describir un paisaje. Apenas si se apoya
suavemente en él, lo hace penetrar en su corazón y lo transforma en poesía.
Una poesía de esplendorosa espiritualidad donde convive su decir siempre
delicado y leve con una infinita piedad hacia la condición humana.
Para que su poética sea a la vez completamente localista y absolutamente
universal, Juan L. Ortiz no necesitó viajar demasiado a lo largo de su
vida. El complejo recorrido por sus senderos interiores, poblados de
"cielos que se cerraban sobre un monte lleno de largos brazos negros
y miradas lívidas" que había comenzado en Gualeguay, continuó en
Mojones Norte, enclavado en plena selva de Montiel donde su padre fue
capataz de estancia, continuó luego en Villaguay para regresar, a los
diez años, a su amada Gualeguay.
Entre estos pocos kilómetros, sin embargo, se fue conformando un niño
contemplativo inclinado a la soledad, actitud que se constituirá en una
de sus marcas indelebles. Tanto, que a pesar de recordar con afecto sus
escapadas a Buenos Aires, de la que rescataba la bohemia de una pobreza
enriquecida por sus estudios libres en Filosofía y Letras, las clases de
literatura en la Universidad de La Plata, su relación con algunos amigos
entrañables y, sobre todo, la lecturas de poetas que le fueron abriendo
su propio camino, nunca pudo soportar el movimiento vertiginoso y agitado
de la gran ciudad.
Era dueño de una formación literaria envidiable. Rilke, Juan Ramón Jiménez,
Antonio Machado, Mallarmé, Pound, Eliot, Maeterlinck, Tolstoi, entre una
lista interminable de autores, fueron sus inseparables compañeros junto
al sereno transcurrir del río Gualeguay. No obstante, o precisamente por
ello , su primer libro "El agua y la noche", selección de
poemas manuscritos, apareció recién en 1933, gracias a la insistencia de
Córdoba Iturburu, César Tiempo y, especialmente, de su gran amigo Carlos
Mastronardi.
En su segundo libro "El alba sube", publicado en 1937, no sólo
el paisaje cobra mayor protagonismo sino que va afirmándose con más
fuerza su despojamiento de las cosas materiales. Este desapego será uno
de los pilares que le permitirá alcanzar el sello distintivo de una
exquisita espiritualidad. En el poema "Hay entre los árboles"
se pregunta:
"¿Hay entre los árboles una dicha pálida.
final, apenas verde, que es un pensamiento
ya, pensamiento fluido de los árboles,
luz pensada por éstos en el anochecer?"
Pero ha de ser en "Fui al río" de su tercer libro "El ángel
inclinado" (1938), donde Juanele celebra con incontenible alegría su
fusión con la naturaleza, la que ya nunca volvería a ser la otra parte
de la ceremonia dialógica. Por fin, él era el río y el río era él.
"Regresaba
--¿Era yo el que regresaba?--
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!"
Esta consustanciación no excluía, ciertamente, un agudo dolor por la
guerra civil que en ese momento padecía España. Cuando Rilke decía que
el día de nuestro nacimiento encamina tanto a morir como a vivir, estaba
hablando con dulce piedad acerca de la inevitable angustia que le producía
la finitud del ser, angustia que mitigó a través de la lectura de la
Biblia y su profunda fe en Dios. La sensibilidad de Juanele tenía el
mismo tono mayor que la de su admirado Rilke, sólo que fue depositando la
esencia de su fe en un sincretismo, abarcador por definición, que fusionó
lo inefable de sus percepciones con los elementos concretos del paisaje.
Esta maravillosa fuente fenoménica le permitió elaborar una poética de
gran belleza lírica, de hondo sentimiento de misericordia tanto hacia lo
humano como hacia los elementos y criaturas de la naturaleza. Modeló cada
palabra creando delicados matices de una sutileza incomparables,
emergiendo, así, una suerte de continuidad entre inmanencia y
trascendencia.
En "La rama hacia el este" (1940) pero más aún en "El álamo
y el viento" (1947), muestra el conflicto anidado en su alma: Vivía
en la natural serenidad de su entorno y, a la vez, sentía una desgarrada
impotencia por el espanto que significó la segunda guerra mundial. Los
temas insisten sobre el dolor, la angustia y el mal, como odiosos
contaminantes.
Por otra parte, en "El álamo y el viento" se pueden leer sus
primeros poemas extensos donde, a pesar de que el seguimiento de su decir
se asemeja a un andar por meandros, no desdeña por cierto el ordenamiento
de la narrativa. En estos poema es posible internarse en su particular
cosmovisión del universo, a través de sus constantes percepciones y su
permanente lirismo. Los poemas "Las colinas" de "El alma y
las colinas" y "Gualeguay" de "La brisa
profunda", son dos claros ejemplos de ello. Y es en este libro donde
intenta, además, el develamiento de la esencia de todo cuanto le rodea
bajo la forma de interrogaciones. Preguntar y preguntarse. Traspasar lo
oscuro y ver en qué consiste el misterio, llegar hasta la
despersonalización si fuese necesario para poder así informar acerca de
sus hallazgos. Sólo que la luz que esplende detrás de la oscuridad nos
observa y nos retacea su grandiosidad, quizá porque nuestra capacidad de
comprensión es insuficiente para aprehenderla.
En sus libros posteriores "El aire conmovido" (1949), "La
mano infinita" (1951), "La brisa profunda" (1954), "El
alma y las colinas" (1956) y "De las raíces y del cielo"
(1958), la red que va tejiendo con su natural compasión por todas las
criaturas vivientes, la memoria recreadora de lo que amó, y la captación
de los sutiles colores y las voces que emanan de la naturaleza, se va
haciendo cada vez más compleja y, paradójicamente, también sus visiones
se despojan más.
En 1942 se radicó en Paraná hasta donde llegaban, a manera de una
peregrinación laica, amigos entrañables, estudiosos de su poética y
poetas de todas las edades pero, y sobre todo, lo visitaban los jóvenes
atraídos no sólo por la calidad de su poesía sino por la transparencia
de su conducta. En Juan L. Ortiz, poesía y vida son por completo
inseparables. Tanto que de su ética surge su estética y su estética
profundizará su ética.
En 1971, con prólogo de Hugo Gola, apareció en Rosario "En el aura
del sauce" que incluye diez libros editados más dos inéditos:
"El junco y la corriente", producto de lo vivenciado en su viaje
a China y otros países de Oriente y "La orilla que se abisma".
En 1996, El Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral,
Santa Fe, edita "Obra Completa" , antologías ambas de lectura
imprescindible, gracias a las cuales es posible sentir placer por la
multiplicidad de imágenes y riqueza de símbolos en una poética casi
despojada de metáforas, profundizar en la riqueza de su poesía gracias a
los valiosos estudios publicados, y advertir la estatura de Juan L. Ortiz,
ese gran renovador de la poesía argentina.
El 2 de setiembre de 1978 Juanele abandonó definitivamente su cuerpo, el
que fue llevado de regreso a su amado Gualeguay, quedando su espíritu con
nosotros, caminando para siempre entre las páginas de sus libros.
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